martes, 1 de julio de 2008

Sábado 28 de Junio (15º Programa)

Martín Caparrós, en su exquisito libro de crónicas llamado La Guerra Moderna, dice: “El holocausto fue la matanza de gente perteneciente a una cultura, a una religión, pero no había hecho absolutamente nada para amenazar al régimen que decidió liquidarlos. Gente que no había decidido enfrentarlo. En Argentina, en cambio, los militares mataron, sobre todo, a los que creyeron que los amenazaban: a los que habían decidido pelear para hacer un país distinto. Las víctimas, no fueron sólo víctimas. No fueron sólo objeto de su crueldad; fueron, también, sujetos que decidieron algo. Por eso son, todavía, para muchos, menos “inocentes”. Por eso, supongo, sería más difícil contar su historia en la Argentina, Habría que hablar de porqué los mataron, qué querrían, quién salió ganando con sus muertes”.

El 25 de Junio de 1978 culminaba el mundial de ese mismo año y uno ve las imágenes, escucha los testimonios, y sigue viendo un show de frenesí, de exaltación patriótica, de una alegría desmesurada. Ve muchos colores, muchos abrazos, escucha mucha gente gritar. Habría que ver la forma de redefinir el concepto que tiene la clase media argentina, la sociedad argentina, sobre la figura del testigo: por lo general es alguien que ve un crimen, se horroriza y lo denuncia, sin posibilidad de intervenir. Treinta años después, la gran mayoría de la sociedad argentina, y en especial cuando se trata de rememorar a través de estas fechas cuestiones como las del Mundial 78, sigue siendo cómplice, y no testigo, del terrorismo de Estado con su teoría justificatoria de los dos demonios, y sobre todo de los objetivos y causas de ese terrorismo, que ignora, que niega. Cómplice por el silencio de ayer y el silencio de hoy.

Clarín, editorializaba así el 14 de abril de 1976: “las actividades y las palabras del gobierno autorizan a pensar que se propone efectuar un tratamiento integral de nuestros males. Dentro de esa perspectiva, y con esa seguridad, resulta plausible el ejercicio de la serenidad y la paciencia recomendada anteayer por el teniente general Videla”. Hoy Clarín sigue siendo el diario que vos comprás, o que si no lo comprás vos, lo compra tu viejo, o tu tío o tu vecino. Ese “gran diario argentino” cuya titular, Ernestina Herrera de Noble, tiene dos hijos que se sospecha que son bebés secuestrados a madres desaparecidas durante esos años. Grupo Clarín que sigue hoy construyendo su imperio sobre la base de las dos únicas leyes (decretos) que quedan de la época del golpe: La ley de entidades financieras, que facilita la quiebra de empresas chicas y medianas para fusionarlas con las grandes orugas orgiásticas de dinero y frivolidad macabra que son las corporaciones monopólicas, y la ley de radiodifusión, la famosa ley de radiodifusión, mejorada por el hijo mayor de la dictadura que fue el menemato. Onaganato, Videlato, Menemato. Todo sigue, todo continúa, es la famosa rueda de la historia, como leí en un suplemento de Página 12 sobre el mundial 78: Hitler en el 34 con los Juegos Olímpicos, Musolini con el Mundial de fútbol (vaya coincidencia) de 1936, Videla y el Mundial 78, China, ahora dentro de un mes, con los Juegos Olímpicos de 2008.

Isabel había convocado a elecciones para el 17 de octubre de 1976. Rodolfo Walsh, en el testamento periodístico que es su carta abierta de un escritor a la junta militar, fechada el 24 de marzo de 1977, en sus primeros párrafos decía: “el 24 de Marzo derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses mas tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez de Perón, sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agraviaron”. Resulta al menos doloroso, por lo absurdo, revisar la historia reciente del país y ver como ese mismo pueblo actuó bajo la más absoluta autodeterminación y votó el mismo modelo económico-político en 1995 con la reelección de Menem: el plan convertibilidad. La sociedad ya estaba “convertida”. Así, es sencillo explicarse porqué personajes como Mauro Viale, Marcelo Araujo, Mirtha Legrand, Chiche Gelblung, etc. siguen contando con el aval social; como todavía, más agrave aún, personajes como Carlos Ruckauf o Guillermo Rodríguez siguen estando libres, lo mismo que la gente sigue comprando Mercedes Benz cuando debería saber que catorce obreros de esa empresa fueron asesinados por organizarse, pelear un salario y demás; cómo los propios jugadores de aquel plantel campeón siguen negando los arreglos, el doping, y siguen hablando, desde las pantallas del grupo Clarín que tiene el 50% del paquete accionario de la productora más importante de eventos deportivos para televisión que es Torneos y Competencias, de haberles dado “una alegría a 25 millones de Argentinos”, y así.

La pobreza humana que estamos viviendo no es otra cosa que el lamentable resultado de la imposición por la fuerza de un modelo de vida, llámeselo capitalista-burgués, llámeselo “ser nacional occidental y cristiano”, que el pueblo argentino y gran parte del mundo no quiso, y peleó por no tenerlo, y lo mataron, lo condenaron o lo compraron.
Así como en los 70s el campo de batalla político se daba desde la izquierda, terreno en el cual estaba situado el pulso ideológico, y la preocupación del poder era neutralizar ese terreno, en la actualidad se disputa el partido desde un terreno estable de derecha. Donde antes el sistema capitalista en su conjunto, es decir sus principios morales, sus contradicciones estructurales, su base material de explotación, eran cuestionados y situados como las razones profundas, reales, de conflictos sociales puntuales y de la decadencia humana en general, hoy, como tal, es ignorado, asumido, absolutamente incorporado, incuestionable, intocable. Es una presencia omnisciente que regula todo desde el firmamento, transparente, penetrante: está ahí al tiempo que el hambre, las desigualdades sociales, la destrucción sistemática del medio ambiente y la decadencia de principios éticos se vuelven extremas. Ése es el legado de las dictaduras y, lo que en términos más amplios y eruditos, Marcuse llamó: “la represión del sistema”. La represión tiene una causa: la violencia; y una consecuencia: la idiotez.

También suele aplicársele al fútbol el rótulo de “Pan y Circo”. Pero en este caso, no se cumplió. En primer lugar, porque Pan no había: En 1977 la deuda externa era de 9679 millones de dólares y sólo en un año, 1978, el año del mundial, se incrementó en 3310 hasta alcanzar los 12496. El costo total de la organización del mundial superó los 4.500 millones de dólares. Ese año, la inflación era del 172, 9 % y el salario real de la clase media trabajadora se redujo más de la mitad. Ese mismo “pueblo” que festejaba los goles de Kempes salía de la cancha y no tenía para comer. Siguiendo a Rodolfo Walsh en su carta abierta, “en la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”. “Basta andar – decía Walsh – unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convierte en una villa miseria de diez millones de habitantes”. Walsh no era clarividente, ni mucho menos, y hoy es muy triste, todavía más que hace treinta años, caminar por el gran Buenos Aires. De modo que Pan no había, entonces la ecuación nos da: puro Circo. En realidad, el pan y circo de la Grecia de Empédocles, y hoy la del tío Sam, eran y son eso: democracias. Las mejores democracias que el dinero pueda comprar, como se suele decir. Pero llega un momento en el que ya no se puede comprar democracia entonces se asesinan subversivos y el circo que queda no es otro que el Circo de la muerte. El Mundial 78 fue otro show más de ese circo de la muerte.

Galeano, en su libro “Días y noches de amor y de guerra” publicado en 1984, pero que retrata sus andanzas por la América latina caliente, que late, que respira, la que todavía siente caminar al che y el fulgor de la revolución cubana y el eco de esas voces que reclaman amor y libertad, que es la América Latina de fines de los años 60s y principios de los 70s, cuando Galeano se exilia de la dictadura de su país para recorrer errante nuestro continente y darse cuenta que era escritor y latinoamericano, enseña:
“¿Quiénes torturan? ¿Cinco sádicos, diez tarados, quince casos clínicos? Torturan los buenos padres de familia. Los oficiales cumplen su horario y después ven televisión junto a sus hijos. Lo que es eficaz es bueno, enseña la máquina. La tortura es eficaz: arranca información, rompe conciencias, difunde el miedo. Nace y se desarrolla una complicidad de misa negra.
El torturador es un funcionario. El dictador, es un funcionario. Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada más que eso. Si son enfermos los torturadores, ¿Qué decir del sistema que los hace necesarios?”



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Andrés Cascioli, director de la revista Humor que comenzó a editarse en vísperas del Mundial 78, según el propio Andrés, para desmentir el lavado de cara democrático que la dictadura pretendía hacerse utilizando al mundial, respondió a nuestra preguntas:

Primera parte:



Segunda parte:

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